Anoche recibí un correo electrónico de un amigo forista a quien no conozco personalmente, pero quien comparte sus pensamientos, como yo, en diversos foros cibernéticos. Usamos la herramienta disponible para hacernos escuchar de alguna manera en un mundo muy ruidoso donde los megáfonos son juguetes para estudiantes de kindergarten.
Me hizo traer a mi memoria cuando mi profesora de Bibliotecología, Profesora Irma González nos presentó la película-documental El Shock del Futuro basado en el libro del mismo nombre de Alvin Toffler, y el tema no me resultó desconocido. Había leído el libro tiempo antes e inclusive había visto el documental. En aquel momento no sentía el mareo ciberespacial del que trataba de hablar Alvin Toffler, si veía la vertiginosidad con la que el cambio se daba y la incapacidad de muchas personas de asimilar ese cambio a esa velocidad. Pero, ¿de qué cambio estoy hablando? preguntarán muchos que sin preguntarles yo puedo anticipar que tienen menos de 40 años de edad.
El cambio al que me refiero es a la transformación de las ideas, los métodos, la evolución de los estilos para hacer las cosas, los conceptos, los valores sociales y éticos, y muy especialmente la rapidez con la que se ha desarrollado la accesibilidad de la información y el la rapidez y la evolución y transformación constante y sostenida de la electrónica y todo cuando se sostiene de esta tecnología. Steve Jobs, el eje central de la compañía Apple, está muriendo de cáncer a los 54 años y estoy segura de que ni siquiera se ha dado cuenta de la velocidad del cambio.
Junto con un puñado de personas en todo el mundo ha transformado el acceso a la información. Cuéntese en este puñado a Bill Gates, Steve Wozniak, Mike Markkula, Nolan Bushnell y otros cuyos trabajos se enfocaron en áreas específicas pero que al juntar sus trabajos e integrarlos unos con otros, tenemos la tecnología de la que conocemos hoy 2011 y la que mueve al mundo de manera artificial.
Toda esta vertiginosa evolución se inció a partir de la década de 1970. Antes de este año eran más las historias de ciencia ficción, la imaginación y la especulación que la tecnología tangible. Todavía en ese año, habían series de televisión que anunciaban para antes del año 2000 carros voladores, lo que supone que la velocidad del cambio que se esperaba era todavía mayor. Antes de 1970 tener un televisor en colores daba status social, ahora lo da tener media docena de Lamborghinis, o tal vez tener 1 millón de amigos en Facebook.
Especialmente si en ese millón de amigos facebookianos se encuentran poderosos políticos, artistas y muy especialmente narcotraficantes que te aseguren el éxito cuando no tienen nada más que ofrecer que no sea un ego inflado de quererte hacer notar aunque no tengas nada positivo que aportar a la historia de esta humanidad.
Ellos estarán ahí para financiar la mediocridad que sea con tal de poder lavar su dinero sucio. Entonces, el ensayo de Eduardo Galeano, Me caí del mundo, es un señal de humo del otro lado del planeta que te da la esperanza de saber que hay otros que también están buscando entender desde su encierro voluntario en una cápsula del tiempo, lo que está pasando afuera.
Es como si fuéramos entes internos y enajenados conviviendo en un medioambiente extraño e irreconocible, en un mundo en el que apenas hace unas décadas nos resultaba coherente en la evolución de hechos desde nuestros antecesores. No es una simbiosis, nutrirnos de ese mundo actual es casi tóxico. Mejor que vivir, estamos sobreviviendo y buscando la manera de correr sin que la estampida en la que estamos metidos nos atropelle, pero sin perder nuestro paso... tarea difícil. Integrar estos medios electrónicos al diario vivir a vidas de personas mayores de 40 años en 2011 es casi una garantía de sobrevivir una extinción inmisericorde. No hay manera de espetarse en la tierra como un árbol de ceiba y esperar que nos pasen por el lado las cosas sin que perdamos la vida en ello, o al menos la salud. Verdaderamente es una sorpresa abrir una gaveta y encontrar todavía un potecito de cristal con los dientes de leche de nuestros hijos, junto al mechito de pelo del primer recorte.
Un pensamiento de inseguridad nos da un tiro en la cabeza e inmediatamente nos hace murmurar una oración por nuestros hijos y por nosotros. Que ese mechón de pelo o ese dientito de leche no se convierta en la herramienta de un patólogo para identificar a nuestro crío. Entro de nuevo a mi cápsula del tiempo y me hace feliz que mi padre o mi padre no hubieran tenido la incertidumbre de mi futuro. Me doy cuenta de que contrario a lo que piensa Galeano, no es nuestra generación los últimos guardadores de cosas.
La generación actual quiere también guardar cosas, pero han encontrado la manera de guardar las cosas sin que ocupe mucho espacio. Una imagen basta y apenas ocupa espacio en una secuencia de hilos de aluminio derretidos en un pedazo de plástico llamado chip. Salgo de mi cápsula para ir a pagar el celular, el satélite de televisión, el servicio de Internet y la cuenta de energía eléctrica porque si no tengo electricidad caigo en extinción. La energía que mantiene funcionando el respirador artificial que nos mantiene vivos a todos se llama electricidad.
Esa es la parte floja de esta evolución, que no hace a los sistemas eternos ni perpetuos. Ese es el talón de Aquiles de la tecnología: la falta de electricidad. Toda esta vida y este mundo cibernético vibra, se mueve, pulula y se nutre de los campos magnéticos de la electricidad.
Desde mi cápsula del tiempo distingo las dos fronteras, la de la vida sin electricidad y la vida electromagnética. Tengo el boleto de entrada a los dos mundos, y la seguridad de que en ambos puedo vivir feliz y sobrevivir por ajuste. No sé si mis hijos pueden decir lo mismo. creo haberlos preparado, pero no es solamente el dogma, se necesita la praxis.
TATITU
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