La vida de los seres es frágil.
No importa el ser más fuerte y bravío en el que hayas pensado, su vida puede ser tan frágil como la vida de un recién nacido. Miles circunstancias se tejen cada minuto a nuestro alrededor que delimitarán los alcances de la muerte de nuestro ser y prolongarán nuestra permanencia en este plano.
Amamos a las personas que nos rodean, compartimos las cosas buenas y las mala, reimos, discutimos, viajamos, hablamos, comimos con ellas. Las hicimos parte de nosotros, y sin que haya una conección directa de nuestro organismo con el organismo de esas otras personas, parecemos que no podemos vivir sin ellas. Cuando estamos a distancia pensamos en ellas, sufrimos la nostalgia de no tenerla al lado, miramos las fotos, llamamos por teléfono.
Es una simbiosis invisible, mental, espiritual, material. Es un apegamiento que catalogamos en diferentes niveles: padre, madre, hermanos, amigos, novios, compañeros escolares, vecinos...todos tienen su sitio en nosotros, en nuestra mente, en nuestro corazón, en nuestros sentimientos. Pero es algo de lo que no tenemos consciencia hasta que muere la otra persona.
De pronto bullen en la mente todas las palabras que se hubieran querido decir y no se dijeron, los besos que se quisieron dar y no se dieron, las cosas que se quisieron hacer y no se hicieron. Hacemos una reevaluación inmediata sobre nuestra vida. La mente nos lleva a nuestro catálogo de gente según su importancia para nosotros, y nos decimos a si mismos: "nunca le he dicho a ... cúanto lo amo", nunca le he dicho a...que el pequeño souvenier de cristal que encontró roto, se me cayó de las manos accidentalmente cuando lo miraba con curiosidad; "nunca le he dicho a...que sus palabras son importantes para mi".
Una parte de nosotros se pone mustia, se llena de amargura, de nostalgia, de morriña. Entra la mente en el mundo de los por qués. Esa es la negación.
Nos negamos a creer lo que nos está sucediendo, nos negamos a aceptarlo, a admitirlo. Nos negamos a vivir con ese peso, es entonces cuando echamos mano de lo que deseamos creer a profundidad: que la vida no puede acabar aquí, que debe haber algo más, que debo tener una segunda oportunidad.
He perdido muchas amigos, vecinos, compañeros y compañeras de escuela, parientes , y conocidos. La mente hace un viaje instantáneo por aquéllos momentos vividos, y una sonrisa se forma en nuestros labios y una lágrima se sale de nuestros ojos.
La vida es frágil, efímera, pasajera. Para algunos la muerte de sus amados es un freno en sus actividades. No vale la pena vivir con este afán si lo que consigo no lo puedo compartir con ... Esos fueron los que se inventaron la pena y el luto. Lloro tu pérdida porque la impotencia de evitar tu partida me anula y me conmueve. Se merman las fuerzas y los deseos de querer ser, de querer hacer, porque el peso de la no presencia es mayor que la presecencia de los demás.
Lloramos la muerte en lugar de celebrar la vida.
Nada podemos cambiar nada con el que se ha muerto. La muerte es tan natural como la vida misma, y es parte de la vida misma...la última parte. Es como si del que muere empezaran a brotar ríos caudalosos que nos arrastran sin dejarnos tomar control. En lugar de eso, debemos celebrar la vida. Agradecer a Dios la inmensa oportunidad de haber sido parte de la vida de esa persona y agradecer que esa persona fue parte de la nuestra. Dar gracias por los buenos y malos momentos, porque de ambos se obtiene provecho y sabiduría, respectivamente.
Llorar no es malo. Lloramos al despedir a los amados en los aeropuertos y puertos. Lloramos cuando tenemos una inmensa alegría, o en las bodas. Llorar no es seña exclusiva de debilidad, ni de pena. Puede ser una inmensa alegría por una meta obtenida.
Debemos llorar nuestros muertos. Nada puede cambiarse, ni la realidad de la pérdida, ni los recuerdos que guardamos para nosotros. Los que se han ido, se han marchado de alguna manera, pero siguen en mí.
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Monday, April 17, 2006
Sunday, April 16, 2006
Heridas del alma
Todos guardamos una cicatriz de lo que un día fue una herida dolorosa y sangrante producto de nuestras inquietas intervenciones en actividades pueriles, o en atrevidos intentos de aventura, o simplemente un accidente casual.
Con el tiempo la herida se cura, deja de sangrar y el tejido se repara, tapando el hoyo que una vez dejó fuera nuestra carne abierta, produciéndonos dolor y sufrimiento. Se formará una cicatriz, como recuerdo permanente de nuestro incidente, una marca indeleble, un recordatorio con el que cargaremos hasta la tumba.
En nuestro devenir humano, son muchas las heridas que nos hacemos, o que nos hacen. Es como convertirse en soldado desde el mismo momento en el que nacemos, y la vida es la batalla en la que combatiremos. Las relaciones interpersonales son uno de los muchos escenarios donde más heridas recibimos. Es la batalla cuerpo a cuerpo desde el mismo momento del nacimiento.
Empezando por la relación padre-madre, que afecta tan intrínsicamente a los hijos. Esa es que nos forma y da contorno a nuestra personalidad, en consciencia o inconsciencia.
Si la relación entre padres no es buena, cordial, honesta, moral, los hijos que nazcan de esa relación, nacen con heridas abiertas, que sanarán en la medida en que padre o madre trate de sanarlas. Y como cualquier herida descuidada, se infecta, y cuando las heridas del alma que se producen por el efecto directo de una mala relación padre-madre no es tratada adecuadamente por la figura bajo quien queda el niño a cuidados, esa herida se infectará y afectará la vida de ese niño hasta el día de su muerte.
Las relaciones de pareja dejan heridas de todos tamaños. Las mujeres se quejan que los hombres son unos agresores por naturaleza, y van inflingiendo tajos a diestra y siniestra, de forma inconsciente y desalmada.
Los hombres, por su parte, afirman que son las mujeres las que lastiman sin piedad. Conquistan los corazones para después dejarlos morir de sed en el desierto de la vida, o morir de hambre en el calabozo de la mente.
Eso solamente significa, que tanto hombres como mujeres poseen heridas en igual número, causados por relaciones lacerantes, improductivas y lastimosas. Nadie queda, de facto, inmune a ser herido de un flechazo en el corazón, o de una puñalada en la espalda. Pero el meollo de ese asunto es sobrevivir y vivir feliz en adelante.
Cuando nos herimos, nuestra sangre brota, y la medida del sangramiento nos dice cúan lastimado estamos. Una alarma se enciende dentro cerebro y nos impele a buscar ayuda, a curarnos, a coser y detener la pérdida de sangre. Es algo automático, es como una fuerza desconocida, tal vez el llamado instinto, que nos mueve a gritar, a pedir socorro a buscar la solución de ese problema en que estamos metidos, porque nuestra vida dependerá de hacer una pronta reparación. Cuando logramos detener la pérdida de sangre, llega a nuestra mente un alivio inmediato, la tranquilidad de saber que la vida ya no se nos está saliendo por algún sitio. La vida queda encapsulada nuevamene y seguimos nuestro combate diario.
Pero cuando las heridas son en el alma, las sufrimos igual, nos duele. No vemos pérdida de sangre y la alarma no se enciende. Entonces se nos hace débil el espíritu por la pérdida de un flujo vital invisible. Nos llenamos de conmiseración hacia nosotros mismos, estamos heridos de muerte y nadie parece vernos heridos, caídos, lastimados. Nadie viene en nuestro rescate.
Nosotros mismos debemos curarnos. No hay otra opción, porque cada cual vive en su afán de curarse sus propias heridas. Nadie vendrá voluntariamente a reparar nuestra herida del alma, porque nadie la ve.
Aunque hay personas profesionales cuyo trabajo es curar esas heridas, nos las contemplamos como sanadores. Buscamos sacar un clavo con otro clavo sin saber que hacemos la herida más grande.
Buscamos una cura acusando al causante, pero nadie lo procesará en una corte por haberte lastimado en tu orgullo, en tu soberbia, o en tus sentimientos. La herida permanecerá abierta hasta en tanto te des cuenta de que te impide seguir viviendo feliz.
Buscamos una cura acusando al causante, pero nadie lo procesará en una corte por haberte lastimado en tu orgullo, en tu soberbia, o en tus sentimientos. La herida permanecerá abierta hasta en tanto te des cuenta de que te impide seguir viviendo feliz.
Y he aquí una de las claves de la felicidad: haber sanado de las heridas del alma. Sin rencores, que anulan tus fuerzas, no las del odiado que seguramente vive en la tranquilidad de la inconsciencia; sin resentimientos, que amilanan tu ímpetu y te agotan, no por el que resientes que seguramente ni se entera del resentimiento que te agobia.
Sanar las heridas del alma requiere amor. Ese amor es para nosotros mismos, necesariamente tenemos que amarnos, y desear sanar de lo que es una lastimadura incapacitante.
Nadie ha dicho que es fácil, la sanación implica cambios de pensamiento, de acciones, de comportamientos. Reconocer que somos débiles y que necesitamos desenvolvernos en escenarios menos peligrosos. Implica el saber y conocer a las personas capaces de herirnos con fuerza, de las situaciones que nos exponen a esos peligros para salir de allí y buscar refugio en un lugar más seguro, lejos de esas personas. Cuando hay fuego, nadie corre hacia el fuego, todos huyen de él, porque es instintivo.
Nadie ha dicho que es fácil, la sanación implica cambios de pensamiento, de acciones, de comportamientos. Reconocer que somos débiles y que necesitamos desenvolvernos en escenarios menos peligrosos. Implica el saber y conocer a las personas capaces de herirnos con fuerza, de las situaciones que nos exponen a esos peligros para salir de allí y buscar refugio en un lugar más seguro, lejos de esas personas. Cuando hay fuego, nadie corre hacia el fuego, todos huyen de él, porque es instintivo.
La sanación implica eliminar la posibilidad de odio hacia el atacante. Es un pérdida de tiempo, de energías, es un esfuerzo futil porque no produce sanación, sino que nos inflama más la herida abierta. El agresor vive en el gozo, tal vez, de saber que nos ha herido, y nosotros vivimos dándole el gusto de permanecer caídos. Por eso hablo de amor para nosotros mismos, porque al amarnos eliminamos la cabida de odiar al agresor y canalizamos la energía en forma positiva como un reflujo hacia nosotros.
Cuando nos contemplamos las heridas que nos hicimos jugando, brincando, corriendo, peleando, aventurando, y vemos las cicatrices, ya no sentimos el dolor que sentimos cuando nos dimos el tajo. Ya no brota la sangre, el tejido no está inflamado, solamente queda la marca. Nos nos duele si la tocamos, pero la marca está allí.
Cuando sanamos de las heridas del alma se forma una cicatriz igual. El flujo energético invisible que se perdía, ya no sale. No nos duele ya pensar en lo que pudo haber sido y no fue. Es posible que la cicatriz de lo que nos pareció una vez una herida grande, haya quedado empequeñecida por otras agresiones peores. La clave es lograr que deje de doler.
Cuando seamos capaces de sanar nuestras heridas, habremos preparado el camino para crecer en espíritu y disfrutar la vida siendo felices. La vida es muy corta, para no darnos la oportunidad de sanar.
Lourdes E. Moya-Díaz,
Edit 2018.
Lourdes E. Moya-Díaz,
Edit 2018.
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